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Feria del Pilar
ZARAGOZA
Tarde del lunes, 9 de octubre de 2000
Crónica de la prensa
FICHA TÉCNICA
Ganadería: Toros de Guardiola,
sobrevivieron al reconocimiento, flojos, desiguales de presentación, mansos y
deslucidos; sexto un poco mejor. Remiendo de Guardiola
Fantoni, primero, devuelto y sustituido por un sobrero de Teófilo
Segura, terciado y complicado; remiendo de Garcigrande que hizo segundo,
manso encastado y con poder.
Diestros:
Entrada: lleno.
Crónica de la prensa:
ABC, El Mundo
ABC. ANGEL G. ABAD. El
Juli defiende su condición de líder con un fuelle sorprendente a estas alturas
Zaragoza, último puerto de categoría en la ruta taurina. Muchos han quedado
por el camino, rezagados, desinflados o aburridos; otros han cortado por lo
sano; y El Juli no sólo puntúa el tío en El Pilar con un fuelle sorprendente
y meritorio a estas alturas de la temporada sino que además defiende su condición
de líder numérico con una capacidad que le convierte en líder moral.
Ayer, levantó una corrida que había caído en picado por el juego
descastado de un ganado desigual. Es más: al tercero lo recibió con unas verónicas
auténticas y templadas, embarcando la embestida muy de frente. En el quite con
el capote a la espalda, el toro ya demostró que se vencía por el pitón
derecho. Tras cumplir con las banderillas, aguantó una colada en los inicios
diestros y planteó con inteligencia la batalla sobre la zurda. Algunos
naturales concluyeron con una largura loable, pero, sobre todo, sobresalió la
firmeza, la seguridad y el sitio del torero.
Recibió al zambombo sexto —670 kilos— con una larga cambiada. El Juli lo
cuidó en el caballo y quitó por zapopinas: dado el volumen del animal, tenía
su mérito el malabar manejo del capote. Las dos primeras series sobre la mano
derecha se cimentaron sobre la ligazón y la templanza. Era cuando el noble
guardiola conservaba aún recorrido. Después se fue apagando, y el resto hay
que anotárselo al afán del matador por triunfar. Se tiró a tumba abierta con
la espada, que se hundió levemente desprendida. Su esfuerzo se vio recompensado
con un trofeo.
A Joselito le devolvieron su primer enemigo tras lesionarse. Una lástima,
porque tenía buen tranco. El manso sobrero de Segura no valió nada, lo cual no
excusa el barullo de faena. El cuarto era material innoble y deslucido. Joselito
perdió la paciencia —había estado animoso hasta entonces en distintos
quites— y se enfadó ante las protestas.
Ponce anduvo por encima del rajado segundo. Unos cuantos naturales de
enjundia, magníficos en su ejecución, y las dobladas iniciales se anotaron en
su haber. No duró más el toro. Desde ahí, su hacer se tornó en un afán baldío.
Apenas nada logró sacar del triste quinto.
El Mundo. JAVIER VILLÁN.
Una tarde sin especiales brillos
El Juli cortó una oreja en Zaragoza, pero conste que se le pidieron tres. En
mi modesta opinión, que no tiene por qué coincidir con las demás -ni siquiera
con la opinión de los toreros- la cosa quedó bien como quedó. O sea, notable
para el señor presidente que las negó y un aviso floreado para la dispendiosa
afición que las pidió. Dicho sea con todos los respetos, no la vayamos a liar,
que anda muy levantisco el taurinismo y se ven acideces críticas donde sólo se
quiere poner discernimiento.
El Juli, pues, cortó una oreja. Estuvo valentón Julián López y entregado
a tope y mil por hora: julismo puro. Se empeñó en un quite por gaoneras a su
primero y salió apurado y enganchado reiteradamente. La gente sigue exigiéndole
banderillas y están en un error: la gente por pedirlas y El Juli por
banderillear. Enseguida se echó la muleta a la izquierda en su primero y tragó
lo indecible en un parón intempestivo. Medios pases achicando mucho el terreno,
reduciéndolo a espacios inverosímiles. Por citar con la muleta retrasada sufrió
sinsabores y amarguras. Al final, los clásicos naturales -clásicos del Juli,
se entiende- a toro parado y achicando aún más los terrenos. Media y
descabello.
Tremendo desdén del voluminoso guardiola sexto con El Juli. Se arrodilló el
torero para una larga cambiada y el toro volvió grupas. Luego, consumado el
lance al segundo intento, el bicho le birló el capote en la primera verónica.
Se vengó de tales desaires Julián López con tres lopecinas vertiginosas. La
lopecina es un lance que, traducido a signos de puntuación, podría ser:
interrogación, admiración, suspensivos, subrayado en letra gótica. O mejor,
churrigueresco, que no es ningún insulto sino una exageración del barroco. Por
derechazos, El Juli ni barroco ni clásico; pero se colocó donde el toro embestía,
le dejó la muleta en la cara y calentó el ambiente con agallas. Naturales
enganchados. Y cuando volvió a la derecha, el toro estaba ya acabado. Al matar,
se tiró a morir. La estocada cayó defectuosa y perdió la muleta. Pero fue
suficiente.
No le faltó decisión a Joselito, pero las musas no estaban con él. Al
principio pareció que sí. Toreó bien a la verónica y no perdonó quite.
Empezó a torcérsele la tarde con la devolución del fantoni que tenía buen
son. Y luego, no se enderezó. Y mucho menos en el cuarto. Lo bueno, dicen, si
breve, dos veces bueno; lo cual es una solemne tontería, porque también se
dice que de lo bueno, hartazgo y cuanto más mejor. Lo contrario sí es cierto:
lo malo si breve, menos malo. Pero con Joselito no valen los refranes, ni los
buenos ni los regulares. Y se empeñó en buscarle brillos a un toro que lo único
que tenía era la opacidad de su mansedumbre: cara a media altura, blandenguería,
recelo. Espadazo a la primera y descabello a la última.
El primero de Ponce, el de Garcigrande, tenía más poder de lo que
aparentaba su cojera. Un puyazo cortísimo y derribando, y dos entradas más al
caballo. Ponce siguió castigándolo por bajo y, con mucha decisión, lo agarró
por la izquierda: tres naturales consintiendo primero y tapándole la huida a
tablas. La tendencia fugitiva del animal era un clamor. No fue una faena de
relumbrón, sino un trabajo de confrontación y técnica que quedó ensombrecido
por la media defectuosa y caída provocadora de abundantísima hemorragia. El
toro quinto era como la unión imposible de dos contrarios: su trote tendía al
derrumbamiento y su derrote a poner los cuernos en la luna. Ponce no supo
resolver aquella difícil ecuación de tierra y aire: si bajaba la muleta,
sobrevenía el terremoto; si la dejaba a media altura, la inmovilidad; y si la
subía, se desataba la tormenta. Además, pinchó y la gente se enfadó con él.
En resumen, una tarde sin brillos que no pasará a la Historia. Pero eso ocurre
cada día.
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