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Inauguración de Temporada
REAL MAESTRANZA DE SEVILLA
Tarde del domingo, 12 de abril de 1998
Corrida de toros

Crónicas de la Prensa

Ganadería: toros de Torrealta. Mansos, los seis se pararon en el último tercio

Diestros: 

  • Curro Romero, pinchazo que escupe, tres descabello y remata el puntillero (silencio); pinchazo que escupe y 15 descabellos (silencio). De caña y oro.
  • Enrique Ponce, pinchazo hondo y remata con un descabello (saludos desde el tercio); pinchazo sin soltar, estocada entera (silencio). Verde botella y oro.
  • Rivera Ordóñez, tres pinchazos y estocada caída y trasera (silencio); 4 pinchazos, aviso, dos pinchazos, descabello y puntilla (silencio.

Picador que destacó Francisco Martín Sanz

Presidente: Juan Murillo

Incidencias: 

  • La Autoridad propone sanción para Antonio Gutérrez Peña, de la cuadrilla de Curro Romero, por provocar el derrote del primer toro contra el burladero, con resultado de pitón izquierdo partido y consiguiente merma de la capacidad del toro. Ello podría contravenir lo dispuesto en el artículo 71.3 del Reglamento Taurino.
  • La Autoridad propone sanción para el matador Francisco Romero López, Curro Romero, por administrar al cuarto toro de la tarde tres pinchazos utilizando el descabello; uno de ellos en el costillar derecho y los otros dos en el izquierdo, y tras ser reconocido el animal en el desolladero se apreció que la profundidad de los mismos era de 1 centímetro. Ello podría contravenir lo dispuesto en el artículo 80.1 del Reglamento Taurino.

Entrada: hasta la bandera

Tiempo: soleado y fresco

Crónicas de la Prensa: El País, ABC, El Mundo, El Correo de Andalucía, El Mundo de Andalucía


El País. Antonio Lorca, Sevilla.Edición del 13 de abril´98. Un real desastre

Tarde grande en la Maestranza. Cartel de «no hay billetes». Los tendidos, de bote en bote, cuajados de mujeres guapas. La ilusión de un nuevo año. La plaza, preciosa, floreciente con cada primavera. La Giralda, que se asoma por encima del tejadillo. Y Curro...

Al tópico más florido añádasele una ganadería de toda la vida, de lujo, por supuesto, y dos compañeros de cartel que acompañen y no hagan sombra al Faraón.

Es una tradicional corrida en Sevilla, preñada de colorido, de amigos que se ven de año en año, y de apoteosis soñada. Y la ilusión dura lo que tardan los toreros en hacer el paseíllo. Sale el toro, de lujo por supuesto, y como ocurre tradicionalmente, es descastado, inválido e impropio, siquiera, para el toreo moderno. Se descompone el tópico, y la realidad se presenta incómoda, oscura y fraudulenta.  La tradicional corrida del Domingo de Resurrección en Sevilla sólo mantuvo la expectación mientras estuvo en los carteles.

Salió el primer toro, hizo caso de un capote, corrió como un meteoro hacia un burladero, se estrelló contra él, salió con el pitón izquierdo partido y ahí se acabó la ilusión. Curro, a quien correspondía el animal, puso la mala cara propia del caso, y a esperar ocasión más propicia. El toro se dejó en la madera el pitón y la vida, porque moribundo anduvo hasta que se echó delante de Curro antes de que éste montara el estoque. El torero intentó justificarse, pero no había nada que demostrar. El cuarto fue mucho peor: un toro gordo, feo, que nació y murió como un marmolillo, sin un ápice de fuerza que llevarse a la boca. Y la cara de Curro era un poema de desprecio a un toro de lujo tan amado por él. Aquí no hubo intento ni con capote ni muleta, aunque sí un calvario con el descabello.

Así las cosas, Romero se marchó inédito en la primera corrida de su temporada número 40. Aún le quedan seis toros en la feria con la esperanza de que la tradición se convierta en triunfal excepción.  Ponce y Rivera, jóvenes maduros en esto de las tradicionales corridas en Sevilla, también sufrieron la penitencia de sus exigencias. La tradicional y lujosa ganadería de Torrealta -primer fracaso Domecq- firmó una tarde de birria con toros inválidos y descastados a quienes las modernas figuras no le sacan más allá de cuatro pases. Y así, todavía, no se cortan las orejas

A Enrique Ponce se le notan la madurez y su depurada técnica, pero ambas cualidades sólo fueron suficientes para arrancar tímidos aplausos. Sus dos toros eran tan modernos, tan inválidos, que un espectador culpaba a las banderillas; otro, al pienso que ya no es tan compuesto como antes; pero lo cierto y verdad es que eran dos marmolillos insufribles que no servían ni para bueyes. Ponce se lució con el capote en su primero en unas lentas verónicas de salida, y en un ajustadísimo quite por chicuelinas; con la muleta sólo pudo esbozar una tanda de bien ligados derechazos. Ahí se acabó Ponce, porque el toro se negó a embestir; y el quinto, sencillamente, no embistió, cansado de sí mismo desde que pisó el ruedo. 

Rivera Ordóñez demostró que no ha perdido la valentía. Decisión, mucha;   posibilidades, escasas; gestos, los suficientes. Y dos toros para el puesto de la carne. Su primero se le quedó en las zapatillas cuando lo recibió con el capote, y lo aguantó estoico como un jabato. El sexto se le echó antes de entrar a matar, y Rivera lo mató mal, como a su primero.  Una tradicional corrida de lujo; es decir, un real desastre de toros y toreros. La terna fue despedida con lluvia de almohadillas. El ganadero no apareció.      


ABC. Vicente ZABALA DE LA SERNA, Sevilla. Edición del 13 de abril´98. Curro Romero, Enrique Ponce y Rivera Ordóñez empataron en la nada ante la descastada corrida de Torrealta 

Se sosegó el tiempo ayer, que era Domingo y de Resurrección. Menos mal, porque había estado revuelta la cosa meteorológica sin lógica ninguna. Respondió el clima y no la corrida de Torrealta, muy desigual de presentación, muy igualada en el descaste. Se aburrieron los toreros con los toros que piden y desean y anhelan, con los que no es necesario poder para estar ni mal ni bien, sino todo lo contrario. Se desesperó el público pagano de tedio.  

Romero, Ponce y Rivera empataron en la nada. La diferencia entre los unos y el primero es que éste cuenta con medio siglo más a sus espaldas y mata, mejor o peor, los mismos toros que los nietos de los toreros de su generación. Cabe plantearse entonces la cuestión de cómo se encuentra la cabaña brava española y el plantel de matadores, sin que sirva de demérito alguno para quien se viste de luces a una edad inverosímil en cualquier otraÞépoca del toreo. Esta crónica es la historia, tal vez mal contada, de una tarde para el olvido.  

Mal empezó la cosa al poco de iniciarse: estrellado torpemente casi murió el primero de Torrealta en su salida contra un burladero. Desde ahí, con el pitón izquierdo partido por la mitad, aún sin perder la vaina, dolorido, no fue nada. Pasados dos puyazos, pasada la recepción y el quite de Romero, y dos largas verónicas templadas de Ponce, se congestionó el guapo toro. Porque bien hecho estaba.  Su historia no pasó de la desgracia. Su nobleza tampoco. El Faraón, sin sacarlo de la raya, diole un poquito de aire, por arriba, por aquí, por allá. Nada. Se moría el cuatreño a chorros, sin aliento. Dobló antes de que el matador cogiera la matadora espada. Y murió antes del pinchazo y los tres descabellos; aunque físicamente la puntilla acabara con su existencia.  La triste salida del zambombo y acapachado cuarto, husmeando el albero, marcó ya la línea parada de su lidia. Empujó en el caballo durante el primer puyazo hasta derribar.

El segundo lo tomó tardo, haciéndose de rogar.  Ruegos fueron todos los cites en el tercio de banderillas. Curro cogió los trastos con menos ánimos que esperanzas existían en los tendidos. Como pegarle pases a un charolés era la intentona, por llamarle de alguna manera a aquello. Qué faltas andan las carretas rocieras de bueyes como éste. Quitadas las moscas de las medias arrancadas, cogió Romero el camino de Huelva para matar, y, claro, no llegaba. Una pasada y un pinchazo, y se puso a descabellar con más prudencia que vergüenza. Daba vueltas el camero al mulo sin verlo claro, tocándole las costillas, temiendo el arreón. Al decimoquinto golpe de verduguillo falleció el animal desesperado de malos tratos, con más kilos de carne que de bravura.  

Había estado alegre Ponce con el capote, en el saludo a la verónica y en el quite por chicuelinas de mano baja, durante la lidia del «colorao» y noble segundo.  Un puyazo bastó. El otro medio, por cumplir con el Reglamento. Se le vio el afán al torero valenciano en el brindis al personal. De la primera serie en el tercio sobresalió un derechazo largo, muy templado, y un cambio de mano. Luego todo fue a menos, el toro y el torero. Parecía que el cuatreño podría haber dado algo más de sí de la raya hacia afuera. Parecía, porque hasta avanzada la labor Enrique Ponce no se decidió a tomar el camino de los medios, y cuando lo hizo el de Torrealta se había desinflado aún más, a pesar de los espacios muertos y los tiempos de respiro, excesivos tal vez, que le daba su matador. Pinchó arriba y hondo, suficiente para dar paso al verduguillo, eficaz al primer golpe. Saludó el diestro desde el tercio, por la voluntad desplegada ante su descastado enemigo.  La ausencia del Giraldillo  Al quinto se aburría en La Maestranza hasta el apuntador que no hay. Descastado el toro y frío Ponce y tedioso y largo, sin sacar nada de la descafeinada embestida de aquello, se fijó el crítico que el Giraldillo sigue sin coronar la Giralda, dos años después.

Más que nada por distraerse uno en algo, aparte de en las bonitas piernas de la compañera de localidad.  Sin despeinarse el valenciano, se le cayó la estocada tras un pinchazo. Tan caída la tarde y tan cansino de sí mismo, era ya lo único que se le podía caer. 

Rivera se mostró decidido con el percal en un quite al primero del lote de Ponce, a pies juntos unas verónicas, con el compás medio abierto en otras, y en el tercero. Se le atragantaron, sin embargo, los remates, todos, en medias verónicas que ni siquiera fueron medias.  La carita alta, carita que no cara, y la castita le duraron al ejemplar de Torrealta hasta un poco más de la primera serie diestra. Ligó el torero entonces y luego, parado el burel, se arrimó, bravucón y voluntarioso.  La espada echó más tierra al asunto: tres pinchazos y una estocada baja y trasera y no sé con cuántos defectos más pusieron el punto y final.  Peor que el quinto apareció el sexto. Aunque más humillado, se quedaba mucho más corto. No valía nada. Rivera volvió a estar valentón, sin más.  Le esperan otras tres tardes más en La Maestranza, que le deben de ser más propicias, porque si no va a pasar un calvario, especialmente con la espada: pinchó en seis ocasiones, mientras intentaba que el último saco del festejo no se le echara. Para colmo, escuchó un aviso. 

Murió la tarde horrorizada de aburrimiento; de toros descastados de ganaderos que ni cortos ni perezosos se encumbran en capitostes para sacar aún más perras de una imagen que sólo es de podredumbre y de descrédito para la Fiesta.   


El Mundo. JAVIER VILLAN, Sevilla. Edición del 13 de abril´98. Domingo de Resurrección sin resucitado

Toros y toreros rivalizaron en vulgaridad y desaciertos en la corrida de La Maestranza

De los diez minutos reglamentarios de faena de que puede disponer el diestro, Curro Romero empleó siete u ocho en apuñalar al toro e intentardescabellarlo por nefandos lugares y de nefanda manera. Al fin lo cazó criminalmente.

Si no le dieron un aviso, fue porque el Domingo de Resurrección, en Sevilla y en La Maestranza, se paran los relojes. Y el sentido de la estética es más una sensación de irrealidad que un canon artístico.

Lo del aviso, que conste, no lo digo por el tiempo; el tiempo fue infinitamente más misericorde que el sentido de desastre que Curro imprimió a todas sus acciones. El tiempo puede tener, y más en el Domingo de Resurrección, la dimensión inconmensurable del milagro. La vulgaridad fugitiva no puede tener ninguna justificación. Silencio.

Esta es La Maestranza en tan celebrada fecha, que yo no me perderé nunca por nada del mundo: porque yo,increyente y descreído, necesito creer, igual que todos los mortales, en algo; aunque sólo sea en la afición taurina que el Domingo de Resurrección hace de La Maestranza la prolongación de los misterios de días precedentes.

VERDE PALIDISIMO.- Curro Romero, verbigracia, es una prolongación de ese misterio; del rito y de la Resurrección. Se viste de verde palidísimo, verde oliva de esperanza, para quitarle a la gente el morado y el nazareno penitenciales de la Semana Santa. Y cambia el sentido de la historia y las razones sacrosantas de la policromía. Con esto, el ambiente, la puesta en escena, ya está conseguido.

Se produjo una desigual pelea en el tercio de varas del cuarto y la gente enloqueció. Ocurrió que el toro empujaba, el picador reculaba, el toro buscaba el pecho del caballo y Francisco Martín ni siquiera se agarró, ésa es la verdad. Y, al final, Francisco Martín se fue contra las tablas de mala manera.

Luego, le metió las cuerdas en el segundo puyazo cuando el animal andaba ya sin albedrío ni voluntad: ovación de gala; pues vale, pero no. El toro era una mole de carne, carne de matadero, piltrafas con ojos y con cuernos; pura materialidad andante sin ángel y sin alma. Y, por supuesto, Curro, que es la esencia de la espiritualidad barroca y arcangélica, se negó a torear aquel ser intoreable.

Se negó a matarle de buena manera, que por poco lo desgracia más de lo que estaba, mediante descabellos en la panza, tal como se ha descrito al principio de esta crónica. Como lo oyen, una cosa es la incapacidad para dar muletazos y otra, muy distinta, apuñalar a un bicho en los ijares y a traición. Una cosa es la Resurrección y otra cosa es el Santo Sepulcro.  Hasta pocas horas antes de la corrida, Ponce era una incógnita, y para muchos aún sigue siéndolo. No se sabía si, a causa de un revolcón sufrido en México, iba a torear o no. Hasta estas horas, finalizado ya el festejo, lo único que está claro es que se vistió de luces. Torear, lo que se dice torear, ya no es una incógnita, y todos están de acuerdo en que no.

Chicuelinas de latigazo en el segundo que arrancaron olés en La Maestranza y casi demostraron que Ponce venía a por todas. Mas, si la chicuelina no es de terciopelo, ni tiene la suavidad de la brisa, pues no pasa de ser un pase secundario, una suerte accesoria y prescindible. Rivera entró a quites con unos delantales mediocres, una rectificación a medio camino más mediocre aún y una media de dudoso gusto. En Ponce, lo consabido: tres derechazos, un cambio de manos por delante y un pase de pecho. Plúmbeo, espeso, aburrido y aburriente en el quinto. Lo peor que le está ocurriendo a Enrique Ponce es la falta de sorpresa; es que pueden adivinarse sus faenas y no sólo sus faenas, sino el momento concreto en que va a repetir lo que ya esperamos o hemos visto en otras ocasiones. Sin embargo, nunca como ayer lo he visto tan falto de imaginación y tan sobrado de vulgaridad.  Y si de latigazo habían sido los lances de Ponce, de tralla fueron las verónicas de Rivera Ordóñez. Una vez templó en el tercero y aquello fue un fulgor entre tanta mediocridad. Aunque, para latigazos, los que pegaba el sexto.  No fue una corrida gloriosa ni gloriosa fue la tarde de Rivera Ordóñez ni de sus compañeros. Pero los arreones del probón y peligroso sexto pusieron a prueba la gallardía de Rivera y el riesgo de la Fiesta.


El Correo de Andalucía. José Enrique Moreno, Sevilla. Edición del 13 de abril´98. Y los toros se pararon

La poca raza de la corrida de Torrealta impidió el lucimiento de la terna en una tarde de gran expectación

Los toros se pararon y la tarde se hundió. De nada valieron el ambientazo y las ilusiones previos. Tampoco sirvieron las buenas ganas que tuvieron Ponce y Rivera Ordónez para levantar la tarde. Una corrida parada de Torrealta dio al traste con las esperanzas que había concitado la apertura oficial de la temporada sevillana. Y los toreros pueden inventarse faenas y montarse literalmente encima de sus enemigos, pero si ni siquiera para eso sirven los toros, de poco vale el esfuerzo.

Pero, sentadas las bases del pesimismo que se extendió por la primera de abono, hay que separar el grano de la paja, aunque la tarea sea poco menos que trabajo de alta precisión dadas las circunstancias.

La tarde empezó mal. El primero de Romero se partió un pitón al chocar contra un burladero y luego fue excesivamente castigado en el caballo. Resultado: el primer toro parado de la tarde. Como todavía no había referencias para comparar, el castigo en varas pareció la causa de la inoperancia del burel. Y algo tuvo que ver en este caso, pero los toros que vinieron después confirmaron que era más cuestión de fondo, de raza en concreto, que de forma. Curro se puso, comprobó que el toro no andaba y se fue a por la espada. Entonces el torrealta se echó para mosqueo general. Mal empezábamos.

Por cierto, que entre el grano de la tarde cabe destacar el quite de dos verónicas y una revolera que Ponce le hizo a ese primer toro, de lo mejor que ha hecho el valenciano con el capote en esta plaza. Y si de capote se trata, el segundo de la tarde le permitió seguir a gusto con ese engaño: buen recibo de manos bajas y buen quite por chicuelinas como las da Manzanares. Ovaciones para Ponce, que fue replicado por Rivera en un ajustad’simo quite por delantales en el que nunca movió los pies del suelo pese a sufrir las apreturas del toro.

En el manejo de la capa se pudo apreciar que Ponce llegaba a Sevilla más relajado que de costumbre: estuvo seguro y a gusto. Tan claro lo vio y tanto le gustó la embestida del castaño que hizo segundo, que lo brindó al público. Lo que a lo mejor no sospechaba Ponce era que el toro, de indudable calidad, iba a durar tan poco. Ponce aprovechó las contadísimas arrancadas para gustarse en unos doblones y en una tanda diestra. Luego, el toro comenzó a acusar querencia a tablas y rehusó poco a poco la pelea. Ponce, que estuvo intachable, se quedó sin toro. La gente, sin el esperado triunfo.

Rivera Ordóñez comenzó a apreciar que se había llevado el peor lote cuando su primero le arreó con genio en la capa. Convenientemente picado por Juan Mari García, el toro conservó sus malos ímpetus hasta que Rivera lo sometió en un buen comienzo por bajo. Una vez vencido, el toro dejó de embestir: había agotado su genio. Rivera no tuvo más remedio que matar. Mal, por cierto, en esta suerte toda la tarde.

Pasado el ecuador de la tarde, el panorama era desolador. Y lo peor es que nada cambió en la segunda mitad de la corrida. Romero confirmó que su balance para el Domingo de Resurrección era de cero capotazos y cero muletazos. Nada. El segundo de su lote fue el toro más fuerte de la corrida ÐlŽase gordoÐ y se paró como un poste después de dos puyazos serios. Ni un muletazo. Repito: nada. Sólo el enfado de la gente porque Curro pegó 16 descabellos.

Pocarropa, que así se llamó el quinto, se movió algo más que los demás. Pero lo hizo como el burro que sigue la zanahoria, sin convicción ni emoción en sus arrancadas. Fue un toro soso con el que Ponce estuvo perfecto desde el punto de vista técnico, consiguiendo, a base de temple, extraer embestidas como quien saca pepitas de oro de una mina agotada. Cansada la gente de tan escasas emociones en el conjunto de la tarde, apenas si se le reconoció el esfuerzo al torero.

Por último, a Francisco Rivera Ordóñez no le quedó otro camino que jugarse los muslos para lograr alguna respuesta por parte del respetable. Para rematar la tarde salió un sexto que se frenó en los engaños y que se quedó cortísimo en la muleta, mirando y buscando al torero todo el tiempo. Comoquiera que el de Torrealta acusaba m‡s sus malas condiciones conforme avanzaba la faena, Rivera sólo pudo jugar con el riesgo para paliar un descontento que se puso de manifiesto en el lanzamiento de almohadillas a los tres toreros.


El Mundo. Carlos Crivell. Edición del lunes, 13 de Abril de 1998. El sentido de la medida en Sevilla

(Acerca de la corrida del Domingo de Resurrección de 1998)

...La corrida inaugural ha sido una prolongación de la Semana Santa, es decir, ha sido fría y desconcertante. No ha habido toros ni toreros, aunque conviene matizar esta afirmación. Sin embargo, junto a esas extrañas palmas por chicuelinas desajustadas -en la tierra de la gracia se entiende de chicuelinas-, lo que más ha dolido a la sensibilidad de quienes llevamos ya muchos años acudiendo a la plaza en fecha tan solemne ha sido la falta de sentido de la medida.

Sevilla valora la obra bien hecha, le gusta todo lo que tiene calidad, pero prefiere que los hechos en la plaza tengan su tiempo y medida. La primera del año ha sido una demostración de todo lo que no gusta en esta plaza. 

...Junto a los dos jóvenes, Curro Romero. Terno de lujo, paseíllo de gloria, figura imponente. ¿Qué se puede hacer frente a un toro que se rompe el cráneo en su primera embestida contra un burladero? ¿Y con el mastodonte que hizo cuarto, que se dio una costalada para perder la vida, y se puso de lado a la hora de la muerte? Sólo los descabellos a este cuarto nos hicieron pensar que el Faraón, cuarenta años en la Maestranza, había perdido el sentido de la medida... 

 

 


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