ALTERNATIVA

Acto por el cual un matador de toros eleva a su misma categoría a un novillero. Para ello, el aspirante tendrá que acreditar 25 novilladas picadas en las dos últimas temporadas.
Ceremonia

NOVILLADA

En las novilladas sin picadores se juegan reses de 2 a 3 años. En las que actúa el varilarguero son de 3 a 4 años. Pueden lidiarse novillos "limpios", o procedentes de desecho de tientas, y defectuosos.

REGISTRO GRAL. DE PROFESIONALES TAURINOS

Los novilleros que actúen con picadores deben estar inscritos en la Sección II del Registro. Aquellos que lo hagan en festejos sin caballos deben estar inscritos en la Sección III.

 

 

 

 

 

EL VESTIDO DE TORERO


 

ATSUHIRO SHIMOYAMA,
"
NIÑO DEL SOL NACIENTE"

Tokio (Japón). Radicado en Sevilla

Debut en público: en 1995, en Alcalá de Guadaíra, junto a  John Fulton Short "El Yanqui".

Temporada 1995: el 16 de agosto, en la plaza de toros de Pedro Bernardo (Ávila) es empitonado por "Vergonzoso", sufriendo una grave parálisis que desde entonces le mantiene apartado del toreo.

Apoderado: John Fulton Short "El Yanqui".

Otros datos: vino a Sevilla para ser torero, después de ver la película Sangre y Arena (versión de Sharon Stone). Tenía entonces 23 años. Aprendió en la Escuela de Tauromaquia de Alcalá de Guadaíra, donde se instaló.

 

El mártir nipón de la Fiesta
 
Por David Gistau


H
ubo un tiempo en que Atsuhiro Shimoyama, El niño del Sol naciente, quiso morir. Pero no en la plaza, en la ley taurina cuyo cumplimiento Valle exigió a Belmonte -«se hará lo que se pueda»-, sino en la cama a la que fue a encallar su cuerpo quebrado por un novillo que le cogió, durante el verano de 1995, en el coso de Pedro Bernardo (Avila). Paralizado del lado izquierdo, y tan sólo como podía estarlo quien fue considerado un «mal hijo» por la misma familia que jamás comprendió la aventura sevillana ni los sueños de un chaval que colgaba en las paredes de su cuarto las fotografías arrancadas a un Cossío comprado en una librería de Tokio, Atsuhiro sucumbió a la depresión y a las tentaciones suicidas.

Como en las novelas de superación, le salvó el amor. El de una japonesa que estudiaba para bailaora y que le atendió hasta sacarlo adelante: «Me tuvo más paciencia que un seguidor de Curro Romero». Hoy es su mujer, con ella tiene «una hija y tres perros» y ciertas diferencias sobre el propósito que aún vertebra su existencia, el de volver a torear: «Por una parte, me apoya. Pero, por otra, me dice que la próxima vez que me cojan tendré que cuidarme solo».

Atsuhiro, antiguo bailarín y gimnasta que atribuye a esas disciplinas un sentido estético y juncal del toreo, intentó reinventarse como paralímpico en esgrima. Pero dice que no le llenó y que se niega a aceptarse sino como matador de toros: «La motivación más fuerte del mundo es la de ser torero».

Aparece renqueante, con un andar precario, y los médicos le han dicho que desista: «Pero donde la ciencia renuncia, aún puede el corazón». Durante los inviernos entrena con la ayuda de Antonio Corbacho, apoderado de Talavante, con el mismo espíritu iniciático de cuando recorría la S-30 en bicicleta desde Sevilla a la escuela de tauromaquia de Alcalá de Guadaira. Lleva encima un libro con máximas que invitan a desafiar las dificultades, y en el constante paso a paso de su tenaz rehabilitación se ha propuesto volver a torear una vaca la próxima primavera. «Pero Atsuhiro, si no podrás ni correr». Y entonces, igual que los tebanos de la Sagrada Banda luchaban amarrados a un compañero para no poder huir, Atsuhiro bromea con que su limitación física será una condena al valor: «No me quedará más remedio que torear parado, igual que José Tomás».

Atsuhiro lleva en el móvil una fotografía junto a José Tomás tomada después del indulto de Idílico en Barcelona. Le sigue siempre que puede, porque comparte la idolatría tomista. Hasta tal punto, que en el de Galapagar reconoce la encarnación de algunos códigos samurai que hacen tan reconocible la figura del torero a la cultura japonesa: «No es samurai porque quiera morir, eso es absurdo. Lo es porque no le importa el triunfo ni el dinero, sino mantener una actitud irrenunciable. Por eso José Tomás se entrega siempre, incluso en plazas de segunda categoría y cuando le tocan toros imposibles».

Intentó explicar a José Tomás su teoría del samurai, pero el torero sonrió y escurrió el bulto: «Cuando le hablo de toros, me pone mala cara. De toros nunca quiere hablar». Pero es tal el afán de emulación, que incluso se arrepiente de haber aspirado en algún momento al éxito, a las mujeres, al reconocimiento de la periferia taurina: sólo importa la actitud de vida, examinada por el toro.

Lleva 14 años en Sevilla, atado a su sueño: «Los toros representan la pureza». Ya no escucha susurros de «chino de mierda», sino que se siente aceptado por el ambiente taurino: «En Japón pasó lo mismo con los extranjeros que entraron en el sumo. Primero les insultaron. Ahora están integrados». Volverá a torear, en primavera, si la ciencia no le derrota. Y acaso le quede pendiente lograr que su familia le perdone la elección de un camino propio: «Los japoneses son un poco como ovejas. Mi rebeldía disgustó tanto a mi padre que dejó hasta de jugar al golf».

El Mundo, 28/09/2008

 

 

 

 
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